¿Quiénes somos realmente?

LA GRAN ENFERMEDAD CONTENPORÁNEA: la dificultad de ser.

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Henry Miller decía: “Hay que darle un sentido a la vida por el hecho mismo de que la vida carece de sentido”.

Creo que antes de buscar un sentido, un por qué, un cómo, es empezar a preguntarnos qué significan estas preguntas y qué es lo que esperamos realmente de ellas. Aunque en el fondo no sepamos las respuestas, inevitablemente nuestro subconsciente busca un sentido que se halla escondido. Por eso es que muchas veces los acontecimientos nos desilusionan sin saber explicar realmente por qué.

Vivimos en un mundo donde las personas que se hacen esta pregunta, explícitamente o no, son cada vez más. Creo que es una pregunta de doble filo, como la mayoría de las cosas que responden a una filosofía de vida. Quienes encuentran una especie de sentido o una explicación, que si bien en la mayoría de las veces no se perpetran con el tiempo, son quienes hayan un consuelo temporal, pero satisfactorio en su propia medida. Pero a veces estas respuestas dejan de ser suficientes y nos encontramos en un vacío existencial que nos “descarría” de nuestro propio mundo. Esto sucede cuando las preguntas van mucho más lejos de lo que alguna vez nuestra comprensión podría entender. Preguntas que terminan causando una angustia, una frustración existencial que por lo tanto nos hace sentir vacíos. Y en esa búsqueda del conocimiento nunca estamos seguros de lo que creemos, vemos o sentimos. Preguntas como el ser mismo o incluso el tiempo nos dejan sin aliento, desamparados y sumidos en una oscuridad sin fin.

Y cuando llegamos a esa etapa es cuando tomamos consciencia de la insignificancia de nuestra existencia, cuando comprendemos que por más que lo intentemos, por más que fallemos, que actuemos o busquemos respuestas, el vacío seguirá allí. Creo que es acá donde uno puede encontrar el porqué de las religiones. Cuando no se hace más que evidente que nuestra compresión tiene demasiados límites, por más que seamos muy buenos dando nuestras teorías y opiniones, es cuando somos conscientes de nuestros límites como seres mortales que somos. Si la vida tiene realmente un sentido, una explicación, respuestas, es porque algo superior a nosotros tiene que haber.

Creo que las personas religiosas encuentran su propio sentido en sus creencias. Después de todo, siempre necesitamos tener fe en algo para encontrar un camino que nos guíe. Porque la libertad puede hacer que nos perdamos, no es lo mismo caminar en un bosque frondoso sin guía, que estar transitando por calles limitadas y con nombres. Intentamos encontrar un control en nuestras vidas que no son más que una ilusión. La libertad es una ilusión. Porque la libertad asusta.

Si no fuéramos esclavos de nada ¿Qué sentido tendría estar buscando siempre algo? ¿Qué sentido tendría actuar y buscar metas? La meta forja el camino porque de lo contrario estamos perdidos y no solo que estamos en un terreno inhóspito, sino que además no sabemos qué es lo que nos rodea. Pero las metas se vuelven obsoletas, nos aburrimos con facilidad. Las preguntas, nuestra rebeldía nos conduce a un mundo sin valor. Un mundo donde no se sabe ni siquiera sabemos cuál es la diferencia entre el bien y el mal, o siquiera si existen estas dualidades.

Podemos afirmar o negar lo que queramos como cualquier filósofo o pensador se empeña en hacer. Pero en el fondo, sabemos que nada de lo que digamos puede comprobarse realmente. Sí, es fácil entender todo aquello que es más terrenal o propio del ser humano, todo lo que es llevado a la ciencia. Pero existen preguntas que nadie jamás podrá responder con una absoluta convicción. Solo podemos dar nuestros propios sentidos ambivalentes o nuestras creencias intangibles. Solo podemos aliviar esa frustración con la espiritualidad.

<<Después de haber descubierto que la vida no tiene sentido, no nos queda más que hacer que darle un sentido. >> -Lucian Blaga.

¿Quién dijo que la vida debía tener un sentido? ¿Por qué ha de tener un significado? ¿Y si no somos más que  un montón de bastas criaturas viviendo en una ilusión donde el tiempo ni la materia existen? ¿Y si no somos más que un montón de piezas de un juego llevado a cabo por alguien más? ¿Y si nada de lo que pensamos es real, y no es más que una creación anterior a nosotros? ¿Un proceso reversible o simultáneo llevado a cabo por las matemáticas de la vida?

Creo que el problema de intentar dar cabida a semejante comprensión solo da lugar a la locura. Nos empecinamos en reducir nuestros mundos por ese miedo. El conocimiento tiene un límite. El alma se enloquece en un cierto punto porque las cosas se vuelven insulsas e incongruentes.

Siempre fui una persona adicta al conocimiento y la sabiduría. Algo que me consuela mucho es el saber. La ignorancia es oscuridad. Con cada día que pasa, cada hora, cada minuto pienso en los conocimientos adquiridos. Pero un día te preguntas qué sentido tiene aprender tanto sobre la vida, si al fin y al cabo todos moriremos algún día. ¿Por qué no nos basta con aprender lo requerido para sobrevivir y ya está? Porque tenemos un alma. Explicar qué es el alma en sí llevaría bastante tiempo. El alma es aquello que escondemos en nuestro ser. Eso que sentimos cuando nos adentramos en nuestro interior. Cuando pensamos. Por eso somos seres en una constante búsqueda de un sentido inexistente.

El conocimiento es poder. Y por este motivo siempre se asocia el saber infinito con una deidad. A veces, mientras más aprendemos y más pensamos, más nos damos cuenta de lo vacía que puede resultar nuestra existencia. El mundo se atiene a pensar, se atiene a “enloquecer”, cuando ya viven en su propia locura sin meditarlo realmente. Vivimos encerrados en nuestros propios mundos, pequeños y vacíos. Fijos en el tiempo.

El filósofo alemán, Heidegger decía: “Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquis­tado y económicamente explotado; cuando un su­ceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuan­do se puedan «experimentar» simultáneamente el atentado a un rey, en Francia, y un concierto sinfó­nico en Tokio; cuando el tiempo sea sólo rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que el tiempo entendido como historia haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas en los mítines -entonces, justamente entonces, vol­verán a atravesar todo este aquelarre, como un fantasma, las preguntas: ¿Para qué?, ¿hacia dón­de?, ¿y después qué?”.

Sentido de la Vida

El tiempo avanza sin cesar, hasta convertirse en una ilusión, en un simple respiro o parpadeo. Pensamos en el pasado, nos alimentamos de él, pero hasta el pasado se convierte en un sueño inocuo. No puedes tocarlo, y los recuerdos empiezan a perder color, te empiezas desvanecer. Un comienzo, un final. ¿Buscando la evolución? Cada existencia está rodeada de su propio sentido autónomo. Si pensamos en la mortalidad, le otorgamos su sentido con el tiempo. Lo regodeamos de valor porque será único e irrepetible. Si pensamos en la inmortalidad, por el contrario, asociamos el aburrimiento. Pero entonces ¿Por qué cuando pensamos en el inicio y el principio de la vida pensamos que no hay ningún sentido?

Porque el avance significa movimiento. Porque la vida significa muerte, y la muerte vida. No existe un principio sin un fin, y un fin sin un principio. Y esta es una regla que se aplica al mundo, a la física, las religiones, y la filosofía en sí. La eternidad no es más que otra ilusión perpetrada por la mortalidad misma. Porque todo no es más que un puro e irónico relativismo.

Entonces ¿Qué son los sueños, los recuerdos y los pensamientos? Estamos seguros de nuestra existencia en estos momentos frente a una pantalla digital, pero lo que viste hace unos minutos es un recuerdo, una memoria. ¿Cómo sabes que sigue existiendo? Podría ser solo una interpretación continuada de tu imaginación.

Hemos dominado el tiempo en un sentido ambiguo. El dominio tecnológico no has colocado en un lugar de cuestionamiento perpetuo. La vida perdió más su rumbo, pero las personas también dejaron de luchar por encontrarlo para perderse en las infinidades de la inquietud.

Hemos perdido nuestro verdadero fin. Nos sentimos frustrados, miserables, abatidos y agobiados. Lo que antes era nuestro mayor regocijo se convierte en otro vacío más.

Vivimos en una era donde ya no se aceptan las cosas sin una explicación de por medio, por más mentirosa que sea. Vivimos en tiempos donde ya no es suficiente someterse a un destino impuesto por una falsa religión o falso dogma. Con esto no me refiero que no existan los dioses y demás. Las creencias son algo aparte, pueden creer o no. No estoy tratando el teísmo o ateísmo. Sino que estoy hablando del control que la religión ha ejercido sobre nosotros. Para un cristiano, que es el ejemplo más común, el sentido está en servir a Dios y al prójimo. Pero como sabemos muy bien, la sociedad ya no es tan creyente como al principio. ¿Esto es algo malo? No es ni malo ni bueno. Significa que ya no nos basta con ello. Necesitamos más. Y acá es donde entra la paradoja, queremos más pero a la vez nos encerramos más.

Buscamos y nos ocultamos. Tenemos curiosidad, pero también miedo.

Frankl sostenía que el hombre moderno sufre de lo que se conoce como el “complejo de vacío”. Una enfermedad que nos aqueja cada vez más. Freud afirma que buscar el sentido de la vida y la existencia eran síntomas de enfermedad porque ni esto ni lo otro son cosas objetivas. Buscar estas respuestas son propias del sentido más puro de la humanidad.

Entonces, hacerse estas preguntas nos amplía los horizontes, nos enriquece dentro de los parámetros de maduración existencial. Pero también nos adentra en una demencia típica de la dificultad del ser humano. Nos quita la alegría del vivir. Porque hasta esa emoción pierde su color.


Y el tener ese poder de conocimiento nos aísla. Nos deja apartados. Nos hace entender que el sentimiento de “pertenecer” no es también más que otra cuestión surreal. Y es ahí donde la conexión se pierde y el mundo decae.

¿Sugiero entonces que esto nos lleva a nuestro propio apocalipsis? No. Nuestras exigencias son incompatibles con nuestro ritmo de vida. No nos mata, solo nos deja agonizantes. Somos conscientes de la cantidad de siglos que la humanidad ha sobrevivido. Hemos leído o escuchado sobre guerras, hambrunas, pandemias… Grandes tasas de mortalidad han diezmado a la humanidad, y sin embargo seguimos aquí. La tecnocracia avanza indirectamente proporcional a nuestra existencia como hombre o mujer.

Entonces, tal vez algún día llegue su fin. Pero mientras tanto solo somos un gran cúmulo agonizante que se arrastra por el mundo.

Y ni siquiera ese gran dolor nos da un mayor significado. Somos capaces de hacernos semejantes preguntas dentro de un vasto universo sin límite ni profundidad real. Solo suponemos. La ciencia y nuestras mentes tienen límites, pero nuestra imaginación no. Y eso nos vuelve locos.

Frankl considerada que la búsqueda del sentido era propio de una sociedad en opulencia, cuando las necesidades elementales superaban su satisfacción. Esto significa que el mundo tiene más tiempo en cierta medida. Pero yo creo que nos abogamos a satisfacer esas necesidades con tal de no caer en un torbellino de preguntas sin respuestas.

Nietzsche pensaba que siempre debíamos buscar aquello que nos hiciera feliz. De manera que al regresar al pasado todo fuera como un ciclo de irrepetible alegría. Esto tendría sentido si nuestros paradigmas no cambiaran. La alegría tiene a volverse obsoleta y vacía.

La filósofa alemana Susan Wolf escribió en su libro Felicidad y Sentido “el sentido aparece cuando la atracción subjetiva encuentra algo objetivamente atractivo”.

¿Por qué asociamos continuamente el sentido de la vida con la felicidad? Ni siquiera la felicidad tiene una definición única. La felicidad pierde también su rumbo. Nos consolamos miserablemente. Y ¿quién dijo que vinimos a este mundo para ser felices? Podríamos entrar en un debate entonces sobre la importancia de simplemente vivir arrastrando esa existencia biológica o podríamos ser estoicos y señalar la importancia de la calidad y no la cantidad, como hacía Séneca.

Cesare Pavese decía <<En general está por norma dispuesto a sacrificarse quien de otro modo no sabe darle un sentido a su vida. >>

Esto significa usar el sacrificio consentido como una manera de reflejar el sufrimiento iluminado por el sentido.

He de admitir que gran parte de mi filosofía propia se ha basado en este dicho. Mis días colmados de preguntas como estas se aliviaron gracias al sacrificio. Es decir el vivir por el otro, como pensaba Einstein. Esto no significa sumirse a alguien o desmedir el valor propio. Sino buscar el bien por el prójimo. Suena como algo religioso, pero creo que es un valor que todos deberíamos aplicar. Sin preguntarse el por qué. Cuando hacemos esto le damos un valor terrenal, lo que nos adentra en el egoísmo. Y por eso, muchas veces le buscamos en sentido a una vida donde no somos la verdadera especie dominante en el sentido filosófico. Si lo fuéramos seríamos capaces de entender con mayor soltura.

Vale la pena sacrificarse por el resto, pero los significados y las expectativas que buscamos alrededor nuestro nos adentran en una nueva búsqueda de valor que no nos ayuda a la hora de actuar.

Frankl, Paul Tillich, Ludwig Wittgenstein y Einstein sugerían que la religión era la forma más común de encontrar la voluntad de sentido, para entender que el hombre debía apuntar a un “supra sentido”. En otras palabras, a un ser superior.

Esto sugeriría el porqué de nuestra infinita búsqueda.

<<Moralidad viene con la triste sabiduría de la edad, cuando el sentido de la curiosidad ha mermado. >> – Graham Greene

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